20 julio 2013

La España hipervertebrada

Verano entrado. Tiempo de desplazamientos. Pico de tráfico rodado. Y primeros movimientos de una multitud de jovenzuelos recién emancipados, o en última fase de la crianza, de la mayor parte de nuestra fauna. Los bordes de caminos y carreteras, además, son focos de atracción para determinadas especies: por mayor abundancia y accesibilidad de presas u otro alimento, por ofrecer posaderos en forma de señales, postes de vallados y otros; por la atracción de iluminaciones y faros por la noche, etc. Toda esa actividad dispara por estas fechas el saldo anual de fauna atropellada, que alcanza cifras de millones de ejemplares teniendo sólo en cuenta a los vertebrados. Y que supone una de las principales amenazas para algunas especies, como el lince ibérico o el menos conocido caso de los erizos, que llegan a sufrir extinciones locales con esta causa de por medio. Por supuesto, muchos atropellos de fauna son también el origen de accidentes de tráfico de diversa gravedad, por lo que también se trata de un problema de seguridad vial. Y tampoco acaban aquí los impactos a tener en cuenta de las vías de comunicación, tanto ambientales como sociales, económicos y sobre el patrimonio histórico-artístico.

Por estas razones, en otros países se vienen realizando grandes esfuerzos desde hace más de cincuenta años para solucionar o al menos minimizar estos problemas, con unas normas muy estrictas al respecto para la planificación y construcción de cada nueva infraestructura. Pero aquí hemos ido a otra cosa, y las prioridades de los gobernantes han sido y son otras. Esta es ya desde hace tiempo -¿qué diría hoy Ortega?- la España hipervertebrada. Sobredimensionada de carreteras, autopistas, autovías, AVEs y aeropuertos peatonales. De carreteras de varios carriles para unir dos pueblos sin apenas habitantes y que además tienen su conexión natural por otro lado. Un país de carreteras de trazados imposibles. De extrañas curvas para esquivar el terreno del político de turno cuando el campo rendía lo suyo. De caprichosas sinuosidades para cruzar precisamente la parcela del político o el familiar, de turno también, cuando ya sólo el que te tocara una carretera era la forma de extraer rendimiento a la finca. El país de carreteras y autovías de necesidad inventada y comisión manifiesta. Del convencional y asumido 10% del presupuesto de la gran obra de infraestructura reservado para el partido y el político que te dan la concesión... Las vías de comunicación, uno de los hábitats naturales del político corrupto. Abren a lo grande la caja de los fondos públicos, captan las multimillonarias ayudas que llegan de la UE, y encima tienen tan buena prensa que se recibe el voto del ciudadano timado precisamente con esas obras demasiadas veces sobredimensionadas, innecesarias, excepto como generadoras de comisiones y pelotazos. Nada extraña, pues, la proliferación de una tupida red de vías de comunicación en este país.

Pocos han sido los trazados proyectados modificados por su impacto ambiental. Nunca ha faltado la consultoría o el profesional que hiciera el estudio a la carta. Y, por si acaso, desde la administración y las altas instancias decisorias se terminaba de arreglar. Se generalizó como coartada para aprobar casi todo, por crítico que fuera el impacto, esa excepción de las "medidas compensatorias". Que es un dejar hacer esta barbaridad aquí y a cambio "compensar" el impacto con dinero para realizar actividades de mejora del entorno o más allá. Unas actividades que raramente se realizaron o más raramente significaron alguna mejora, y que muchas más veces sirvieron para callar bocas con contratillos a investigadores e, incluso, a supuestas instituciones y entidades de "defensa" de la Naturaleza.   

Pero también es cierto que algunas cosas se han hecho. Si bien mucho más por la presión social, por las denuncias de los conservacionistas, por el empeño de funcionarios comprometidos con su trabajo y por un primer periodo -hoy ya superado y olvidado- de tomarse en serio la legislación ambiental europea, que por iniciativa propia de los gobernantes. 

En definitiva, queda todavía un largo camino por recorrer también en esto de hacer compatibles nuestras vías de comunicación con el entorno natural y humano. Aún estamos a años luz de otros países de nuestro ámbito. Mientras tanto, a escala individual nos quedan, al menos, opciones tan asequibles como reducir la velocidad, apoyar a organizaciones y campañas orientadas a aplicar estas mejoras, es decir, a lograr que se cumpla la legislación vigente, y mirar con lupa qué se vota. 


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