08 junio 2014

De votos "verdes" y la necesaria convergencia

Me preguntan varios lectores qué opino sobre el "voto verde" en España, su evolución y futuro. Respondo públicamente. Podrían haberme preguntado lo mismo sobre cualquier otro voto: el que uno tenga entre sus prioridades la preocupación por el medio ambiente, nuestra relación con el entorno o la conservación de la Naturaleza no implica necesariamente que su opción sea el voto a partidos verdes (también recogen estas inquietudes otras opciones). Y menos en España. De hecho, aquí, durante décadas, el movimiento conservacionista y ecologista desconfió enormemente de los sucesivos, e incluso coetáneos y redundantes, partidos autodenominados verdes. El motivo es que desde el comienzo estas iniciativas partían oportunistamente de personajes escindidos, defenestrados o que no encontraban hueco en los partidos tradicionales, buscando crear su espacio político al calor de los resultados de los partidos verdes europeos (básicamente alemanes y franceses) y del auge del ecologismo en España, pero no surgían directamente del movimiento ecologista o conservacionista propiamente dichos. Es cierto que algún dirigente de asociaciones llegó a formar parte de alguna lista en algún momento, pero no fue más que anecdótico. Nunca hubo un apoyo ni relación directa entre este movimiento social y el cambiante catálogo de "partidos verdes". Es más, hubo incluso resistencia explícita a dar apoyo por parte del asociacionismo medioambiental a esos partidos oportunistas, y con seguridad el voto individual se repartió por un arco más amplio. Dicho oportunismo y falta de vinculación también fueron puestos de relieve por la negativa de Los Verdes europeos a "homologar" a estos partidos. Hasta que lo hicieron, merecidamente, con ICV (Iniciativa per Catalunya-Els Verds) y con ese intento verdaderamente serio de organizar un partido realmente verde a escala estatal, que ha sido y es EQUO. En ambos casos con dirigentes provenientes del activismo y del movimiento ecologista. Si bien tampoco van a recibir un apoyo directo por parte de las organizaciones ecologistas, ya que éstas denuncian o proponen políticas concretas pero no se dedican a pedir el voto para ninguna formación. Por cierto, siguen existiendo grupúsculos al margen, más o menos locales, autodenominados "verdes", no homologados por Los Verdes europeos y que en algún caso son utilizados, de nuevo oportunistamente, para calzarle a alguna candidatura la etiqueta "verde".


Y así llegó EQUO a las generales de 2011, con muchas expectativas: por primera vez un partido verde homologado y unificado a escala estatal y en un contexto político y económico crucial. Pero partió con un lastre que seguramente le ha salido más caro de lo esperado. Por un lado, la renuncia a presentarse como tal en las Comunidades con "socios"; por otro, la incoherencia de asociarse con Compromís, que contiene como partido mayoritario al Bloc, ferviente defensor -como partido o al menos destacados dirigentes del mismo- de ese método de caza ilegal masivo y no selectivo, que acaba cada año con miles de aves protegidas en el este ibérico, conocido como "parany", y defensor también de esa tortura a toros y vacas "tradicionalizada" que se denomina "bous al carrer". Las críticas al respecto desde el movimiento ecologista, desde el animalista, y me consta que también desde dentro -y también por unirse a opciones nacionalistas pese a la vocación internacionalista de la ecología política- no han dejado de circular. Probablemente, todo ello pesó en el resultado de las elecciones de 2011; pero, sobre todo, con más tiempo de por medio para que esta información se extendiera, en el agridulce resultado de las recientes europeas. Eso y la actual coyuntura. 


Tampoco ayuda nada la percepción o, más bien, la falta de idea, que se tiene en este estado sobre los partidos verdes. ¿Qué es eso? Pregunten en su entorno. Una sorprendente cantidad de personas no sabe o lo asimila a esa idea folclórica del ecologismo -potenciada por cierta prensa, ciertos políticos manipulando cuando se ven  denunciados, y ciertas iniciativas de protesta "iluminadas"- que lo resume para determinado y no poco extendido "imaginario colectivo" como una especie de mezcolanza confusa entre vegetarianos, manifestantes con el culo al aire en contra del uso de abrigos de piel, las multas del SEPRONA o de los agentes medioambientales, el "bífidus activo", la prohibición de hacer fuego en el monte y quienes te "obligan" a reciclar... Luego está la minoría que se leen los programas electorales, claro. Pero en general se contemplan como una opción sectorial, como partidos que promueven en exclusiva lo verde, lo "ecológico", como si no ofrecieran también un programa económico y social y una apuesta decidida por el desarrollo democrático.


Con toda la pedagogía que requiere todavía corregir esa percepción de la sociedad, los partidos verdes tienen aún largos años por delante para dejar de ser minoritarios en este estado. Excesivamente minoritarios, diría yo. Estupendo (pero demasiado lejano) el objetivo de ejercer de contrapeso a las políticas dominantes, depredadoras del medio, de los recursos naturales y, por tanto, de nuestro futuro. Magnífico también el fin, más asequible (y en parte conseguido), de "obligar", por competencia o por emulación y afinidad, a otras formaciones a incorporar a sus programas la ecología política, a tener en cuenta la gestión ambiental y el desarrollo sostenible. Pero ante la situación actual, cuando a la grave crisis ambiental global subyacente se ha superpuesto la crisis (léase estafa o incluso "golpe de estado") económica; más, estatalmente, la crisis institucional y del régimen del 78 -con la anunciada coalición del bipartidismo, negada durante la campaña electoral, constituida prácticamente de facto- lo urgente, y realmente lo único válido, para los ciudadanos que estamos padeciendo los asfixiantes efectos y la pérdida de derechos básicos que están provocando las políticas que se han venido aplicando, es conseguir una mayoría parlamentaria que logre poner freno democráticamente a los partidos vasallos de la troika y de los poderes económicos y financieros; es decir, a los representantes de la codicia. Y para ello no hay otra opción, en pura defensa propia, que converger cuanto antes, y ya para las próximas elecciones, en un frente amplio de las fuerzas políticas y sociales que ponen la democracia y los derechos humanos y civiles por delante de la economía y del interés financiero. Y ahí nos jugamos verdaderamente el futuro. Ya mismo. No hay tiempo para carreras de fondo. 


Da lo mismo la fórmula. Hay que converger. Es momento de olvidarse de siglas, de nombres, de reparto de puestos, de listas cremallera, de cuotas de poder, de antiguas rencillas, de carreras, de egos... Todo eso no importa. Sólo son trabas, excusas de quien busca algún tipo de beneficio personal. Y quien las utilice, va a ser recordado sin duda por ello. Por no haberlo dado todo. En estos momentos no se puede caer en eso. Tras las europeas cada cual sabe con qué potencial cuenta él y los compañeros de viaje. Hay quien ha sabido ahora dar marcha atrás en decisiones originalmente inamovibles y ha procurado enmendar errores. Pero hay que seguir dando pasos. Por parte de todos. Cuando se coincide en lo esencial, no vale enzarzarse ahora en diferencias por terminología empleada, en hacerse "la loba herida", en ir por libre, en objetar veteranía y experiencia,  o "ultramodernidad", en interponer el origen del voto, o el grupo parlamentario europeo al que uno se adscribe, etc. Eso, en este momento crítico, los ciudadanos no lo vamos a entender. Ni a perdonar. 




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