01 noviembre 2014

La voz del invierno: llegan las grullas

La entrada

Ilustración: Eduardo Rodríguez

Ladera arriba del hayedo otoñal, velado de brumas densas, el primer sol de la mañana de Todos los Santos dora las cimas nevadas que ciñen el hondo collado del Pirineo Occidental. Estamos asomados a una de las principales puertas de entrada a la península Ibérica, durante la migración de otoño, del interminable río alado de las aves viajeras, que aprovechan los profundos valles de la alta Navarra y Huesca para franquear la imponente barrera geográfica de los Pirineos. Las apretadas bandadas de palomas torcaces, las avefrías y los grupitos de fringílidos, no dejan de pasar. En cuanto el sol caliente, aparecerán los milanos reales… 
Muy temprano, apenas intuido al principio, se aproxima un murmullo lejano que no cesa, se diría que eterno y antiguo como el Mundo ―«kruu-kruu»―, un sonido grave y roto de trompetas viejas. Precede, con mucha antelación, a la visión del geométrico escuadrón viajero de las grullas, que emite el trompeteo como voz de contacto para mantener unido al grupo, cuya formación de vuelo en V o W, rasga audaz ante nosotros el tenue jirón de niebla obstinado en permanecer. Luego, otra bandada de grullas, y otra más. Desde grupos familiares hasta escuadrillas sin fin, de cientos de individuos. 


En los cuarteles de invierno

Apenas las primeras luces iluminan la mañana helada, un trompeteo multitudinario e inconfundible anuncia la partida de las grullas desde el dormidero, situado en la cola del embalse, hacia las zonas de alimentación. En la dehesa, donde aprovechan principalmente la montanera de bellotas, las figuras estilizadas de las grullas van dibujándose entre las encinas a medida que el sol levanta la niebla. Grises apariciones fantasmales que deambulan, etéreas y elegantes, por un laberinto de troncos viejos bajo las amplias copas. Se alimentan en bandadas de decenas a centenares de ejemplares, aunque con buen número de grupos familiares más o menos apartados. Más allá, en los campos abiertos del regadío de temporada o en las tierras de cereal recién sembradas, se congregan las bandadas más numerosas, a veces de miles de individuos, atraídos por la alta densidad de alimento en forma de grano. Y de fondo, siempre, acompañado tantas veces por las esquilas del ganado, un clamor atávico, inmemorial ―«kruu-kruu»―: la voz de los inviernos ibéricos.


(*) Texto de mi recién publicado libro: Tras las huellas de la fauna ibérica.

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