27 septiembre 2016

Detener el asedio a Doñana


27/9/2016. Doñana, el edén de biodiversidad europeo, el humedal más importante de nuestro continente, el símbolo de un mundo salvaje salvado a tiempo que considerábamos definitivamente protegido como Patrimonio de la Humanidad, está gravemente herido.


Más de mil pozos ilegales, el recorte de las aguas que alimentan a la marisma y el mal uso del recurso hídrico drenan sus arterias; más de tres mil hectáreas de cultivos también ilegales ocupan su territorio; la intensificación agrícola y el abuso de pesticidas extienden la contaminación química y orgánica; ya han comenzado las obras del proyecto que convertirá al parque en un almacén industrial de gas, un proyecto hábilmente troceado para sortear los controles legales; sigue adelante el empecinamiento en dragar el Guadalquivir, pese al rechazo de la comunidad científica, el Tribunal Supremo y las instancias europeas por su impacto ambiental y económico críticos; se ha autorizado la reapertura de la mina Aznalcollar-Los Frailes con el consiguiente riesgo de un nuevo desastre; etc.


Esta situación ha llevado a que el Comité del Patrimonio Mundial de la Unesco advierta que Doñana podría ser incluida en breve en la bochornosa Lista del Patrimonio Mundial en Peligro de no aplicarse las soluciones reales y efectivas por parte del Gobierno. Y la Comisión Europea ha abierto un procedimiento de infracción contra el Gobierno por no tomar medidas urgentes para corregir la desastrosa gestión del agua en el área, que puede acabar sentando al Estado en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Asimismo, la organización conservacionista WWF ha iniciado una valiente y sólidamente documentada campaña internacional para advertir de estas amenazas, del peligro real de deterioro irreversible de esta joya única de la Naturaleza española y mundial de no actuar a tiempo, una campaña en la que se puede participar a nivel individual firmando AQUÍ.


Pero todo ello son solo los síntomas. Las causas son de mayor calado. Doñana está enferma de considerar la Naturaleza como algo ajeno en lugar del todo del que formamos parte, de olvidar la interdependencia con nuestro entorno, de  reducir los paisajes y los ecosistemas a meros escaparates que consumir como simples espectadores. Está enferma de creer que la gestión del patrimonio natural se puede dejar exclusivamente en manos de los gobernantes, de creer que éstos priorizarán el bien común y el cumplimiento de la legalidad por encima de intereses económicos y partidistas personales, de pensar que ya vendrán otros (héroes, ONGs) y lo solucionarán. Está enferma de luchas por exclusividades, desde las competencias, la gestión o la investigación a la representación del esfuerzo de conservación, cuando el diálogo y la colaboración podrían multiplicar los resultados favorables. Doñana está enferma, en fin, de dejar a la codicia devorar la sensatez de equilibrar aprovechamiento y conservación para que de verdad haya futuro.


También en esto Doñana es un símbolo: el de la relación de nuestra sociedad con la Naturaleza.